lunes, 12 de noviembre de 2012

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Cuarta entrega: ¿Quién ha sido?

¿Acrílico sobre libro? ¿O… ejercicio de lógica?
Me había gustado la primera versión: hacer desaparecer yo mismo lo que sobra, a base de mi amada pintura, usada ahora con una función negativa, pintar para no ver, ocultar, velar… Y terminé de hacerlo en los ejemplares en que lo había empezado. Y lo hice luego, también, en todos los ejemplares que pude. Y lo sigo haciendo, cuando tengo ocasión. Dejo al caso, cuál de las dos modalidades de ejemplar le cae a cada lector en sus manos. ¿Cuál es la tuya, lector de Paradojas ¿A dónde nos llevan?, si ya lo eres o lo has sido: ¿Es acrílico sobre libro? ¿o… ejercicio de lógica? Puedes saberlo. Si no sobra nada, acrílico. Si sobra un signo, ejercicio, cuya solución es el signo que sobra.
Ejercita tu capacidad razonadora, tu búsqueda de coherencia.
Voy a irte dando pistas. No es que niegue tus capacidades, sino que quiero terminar de contarte lo sucedido. Porque…
En cierto momento, aquel signo que tanto me había herido, que tan grabado tenía en la mente, y que tanto me esforcé para que fuera eliminado, o por mí, pintando, o por el lector atento, razonando, aquel signo, digo, se me reveló. Sí. Quiero decir, que me fijé en él, en su valor de signo… ¡Y no podía salir de mi sorpresa!
¡Se trataba… se trata, del signo probablemente más importante de la filosofía de W.V. Quine, a cuya memoria el libro está dedicado, con quien yo estudié durante dos años en Harvard, y que es el principal filósofo protagonista del libro! … Podría considerarse que el libro parte de sus tesis acerca de las paradojas, para diferir luego, y cambiar un tanto la perspectiva global… como, por otra parte, es la posición apropiada de un discípulo fiel. Seguir al maestro, cambiando. Así es el pensamiento vivo.
Ese signo, sobre cuya importancia tanto insistió Quine a lo largo de su obra para la precisión y claridad lógica de la escritura, es, son, las comillas usadas en las citas. Aquí fue, exactamente: el cierre de comillas, que he usado como título de esta narración por entregas. Ese era el signo que, lógicamente, sobraba en cierta página… el que desaparecía, allí, bajo mi pincelada de acrílico.
Y reflexioné sobre ese maravilloso y preciso azar.
Si nos pusiéramos a la pintoresca tarea de resumir, de señalar en un signo, el pensamiento de Quine (como Wittgenstein quiso resumir al pensamiento todo en la proposición 6. de su Tractatus), o de determinar el quicio, o cruce de pensamientos, el problema, o lugar, donde más incide la filosofía de Quine… ¿podría ser »? ¿O, escrito siguiendo sus preceptos, más exactamente, “»”?
El cierre de comillas es el signo que limita un lenguaje citado y pasa al lenguaje del que cita, del narrador. O limita un lenguaje de un nivel x y pasa a otro de un nivel x-1, como en Paradojas ¿A dónde nos llevan? se muestra. Representa los niveles del lenguaje, el cambio de nivel, lugar de muchas paradojas. Si los niveles son lenguajes de personas diferentes, representa el límite entre Yo y Otro (o, mejor, tratándose de cierre, entre Otro y Yo), tan crucial lógica y éticamente, vitalmente.
Ese límite es, además, para Quine, una herida. Está en ella el “pecado original” (así le llama) del lenguaje, que la Ciencia y la Filosofía, deben, después, reconocer, evitar estructuralmente, y redimir. Para Quine, construimos el lenguaje, conseguimos entre Yo y el Otro hablar de las cosas, a base de confundir niveles, de no respetar el signo ”»”. De confundir lenguaje y cosas. De confundir el lenguaje de otro y el de uno. Un “pecado”, constructor del pensamiento.
Y su signo, apareció, en mi libro, hiriéndome… por azar.

…   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …   …  

¿Tiene el azar intenciones? ¿Tiene sentido tratar de entenderlas?
Me parecía sentir por doquier entre sus páginas, en las que Alicia en el país de las paradojas había perseguido al barbero, en las que Teseo se llevó en su barco al Mentiroso, la tortuga intimó con Gödel y tantas otras aventuras lógicas se habían corrido, tropezando y resbalando por una cinta de Moebius, sentía, que por doquier todos cuchilleaban, se reían, e, interrogantes, me miraban.
¿A dónde, todo esto, me ha llevado?
¿No me resulta enormemente significativo ese azar, que me ha señalado el ”»”, y de esa manera? ¿Ese ”»” que sobraba y se ha destacado es el que separa el pensamiento de Quine del mío, que lo cito y lo narro?
¡Qué importante puede ser lo que sobra! ¿Es tan importante, porque hay que desprenderse de ello, si es que realmente sobra, y dejarlo?
Había también, lo confieso, en ”»”, un cierto contencioso entre Quine y yo. En cierto concienzudo estudio mío, no publicado, sobre — y alejándome de él — el pensamiento de Quine, escribo que las comillas son un signo innecesario y redundante, ¡que sobra!, pues es el comportamiento humano de sustitución de signos en las expresiones reales usadas en la vida, en el habla real, el que expresa los lenguajes diferentes, o los niveles diferentes de lenguaje … (Lo mismo viene a decir el Tractatus de Wittgenstein de la igualdad, que sobra, pues ya la estructura, sentido o forma de las expresiones igualadas la expresan).
Así que el ”»”, aparte de ser el signo clave del pensamiento de Quine, podría ser el que marca entre él y yo una cierta diferencia. Pues él dice que es importantísimo, necesario para salvar al lenguaje, y yo digo que sobra.
Pero… yo creo que la diferencia es de matiz. Pues una de las razones de que yo crea que sobra, en el lenguaje, es que es ubicuo, que se sobreentiende siempre, que marca límites de nivel, y de lenguajes, que el propio Quine reconoce que están por doquier en el lenguaje, que el lenguaje está construido a base de ellos, confundidos en ese pecado original que propone redimir cuando sea preciso… usando el ”»”… como un exorcismo. O signo salvador.
Bueno, ¿y por qué no usarlo, entonces, si, en un momento dado, aclara?
Si mi razón de su redundancia es que el comportamiento del habla ya lo expresa, para detectarlo claramente sería muy premioso esperar a analizar e interpretar el lenguaje a base del comportamiento de sustituciones efectuado. El ”»” , una vez expresamente usado, marca clara y explícitamente el límite de un lenguaje.
De hecho, el lenguaje común de los últimos 20 ó 30 años, en una práctica extendida por todos los países occidentales, que yo sepa, ¿no ha dado razón a Quine, al incorporar el uso del ”»” en forma de un gesto de comillas en el aire, hecho con dos dedos? Ya dijo ― proféticamente ― Quine que quizá en el futuro el numerar o separar los niveles de lenguaje se podría convertir en una práctica de lenguaje común que evitaría muchas paradojas. Y cada vez que veo a alguien hacer al hablar ese gesto en el aire, siento un callado, inconsciente y universal homenaje, un monumento vivo, al gran pensador. En ese gesto, está W.V. Quine.
¿Quién podía haber imaginado un monumento, un memorial, más leve, pegadizo, fluido, universal, callado, sencillo y útil?
Y… ¿qué me decía, o nos decía, exactamente, el azar, al sobrar el ”»” en mi libro?
Bueno, yo creo que al azar le pasa como a los espíritus. O a los personajes literarios. Sus mensajes pueden ser riquísimos, pero no suelen ser determinables en unívocos mensajes o doctrinas. Al sobrar un ”»”, me lo ha… destacado… Quizá el azar, o quien fuera, se reía un poco de mí, dejándome en la ambigüedad… ¿Hay que liberarse de lo que sobra… y, al mismo tiempo, es precisamente lo que sobra lo más importante?
No sé… ¿Nos ha revelado así, el azar, en un mudo gesto, más allá del libro, otra paradoja suprema?
¿Y no es esa paradoja… la paradoja de la vida… por ejemplo, del dar la vida, del parir, donde lo que a un cuerpo le sobra quizá sea lo importante, al menos para el otro, o para la especie?
¿Y la del derramarse… la paradoja de la obra, del expresarse, del grito, del lenguaje?
¿No estamos, como dicen los filósofos, arrojados, sobrantes, de algo, al mundo?
¿Es el cierre de comillas un descenso de nivel que asciende? ¿un límite, un cierre, que abre?


Fin
de la cuarta y última entrega de »



lunes, 16 de enero de 2012

» Tercera entrega: Ejercicio de lógica



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Tercera entrega: Ejercicio de lógica

Me puse en seguida a la tarea.
Era delicada. 1000 ejemplares. Necesitaba método, paciencia, ritmo, tranquilidad, agudeza y pulso, sin desfallecer en ningún momento. Y, poco a poco, lo conseguiría.
La Distribuidora había ya enviado, sin embargo, ejemplares, algunas cajas, a alguna provincia.
No importaba. Viajaría a donde estuvieran. No serían muchas aún, las librerías. Me llevaría un botecillo con la mezcla y el pincel. Entraría, buscaría el libro, simularía ojearlo y… en un momento, discretamente, el leve toque, un soplo, y listo. Al estante otra vez.
La Editora, oyéndome, no lo tenía tan claro. Me miraba, pensativa. Algunos amigos y técnicos de la edición le habían dicho que aquella errata no tenía importancia. Pero yo disentía. Y quise demostrarle, una tarde, que era una operación posible y fácil. Al cabo de un par de horas, estaba la gran mesa y los sofás llenos de filas de ejemplares metidos unos dentro de otros por la página en cuestión, para que el acrílico se secara y ella me hizo, sumido en aquel extrañísimo paisaje, algunas fotos. Pero, al comprobar el resultado, y ver que el acrílico transparentaba el signo a tapar, que había que darles a todos otra mano, cuidando al mismo tiempo de que la pintura no fuera tanta que la rugosidad se notara… comprendí que la tarea era desmesurada y desistí.
La Editora y sus asesores aseguraban que para todo lector mínimamente atento la errata era evidente.
Así que, dejado así, sin pintar, el libro venía a ser, sin decirlo, un ejercicio de lógica: el de descubrir la errata.
El público, al adquirir el libro, no sabría que, en realidad, era un ejercicio de lógica. El de responder a la pregunta: ¿Qué signo sobra?


Fin
de la tercera entrega

(continuará)

miércoles, 5 de octubre de 2011

» Segunda entrega: Acrílico sobre libro



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Segunda entrega: Acrílico sobre libro

Y salió de la Imprenta. Y lo tuve, sólido, en mis manos.
Después de comprobar que no mordía, ni explotaba… que parecía correcto, e incluso bello, lo abrí, preparado a parar los ataques de las erratas saltándome a los ojos, como si abriera una caja de pulgas feroces. Nada. Ninguna. Abaniqué las hojas. Todo parecía en su sitio. Claro, habían sido muchas las correcciones previas… Y en seguida fui a cierta página, a cierto párrafo, donde un error descubierto una noche, ya tarde, me había dejado insomne. Era un párrafo donde el análisis del lenguaje y de la verdad que en él se hacía, figurado como una exploración en la soledad de un lago de alta montaña, se sumergía aguas adentro, capas de lenguaje abajo, cada vez más oscuras y frías, y sin fondo… Llegué al párrafo. Y en seguida: la vi.
Era ella. Una errata. La errata. Allí estaba. Saltó. Gritó. Zumbó como un trueno sostenido. La miré otra vez. Sí.
Sí. Y corrí a comprobar las últimas versiones del texto. Miré el manuscrito original. Estaban todas correctas, allí no estaba la errata. ¿Y? ¿Qué había pasado?
Al cabo, recordé que, antes de enviar a la Imprenta la ultimísima versión, la maquetadora y yo cambiamos algo en ese párrafo clave para dejarlo más transparente, un detalle sin importancia de espacios y signos. Habría sido entonces cuando aquello… en el último momento, se coló.
Habría ahora que imprimir una Fe de erratas. No podía quedarse así, confundiendo al lector en una operación de análisis tan delicada.
Pero había que encontrar ahora más erratas. ¿Cómo se iba a imprimir una Fe de erratas con una sola?
Además, ésta, consistía en que… sobraba un signo. Había salido un signo que no debía estar. Sobraba un signo. Como se dice en el libro, en su capítulo 4, La Fiesta, en este libro “no son todos los que están”. Se coló un signo sin ser invitado.
Si desapareciera ese signo, y todo lo demás quedara igual, quedaría perfecto, nada se notaría… ni siquiera el espacio dejado vacío… con el que los demás signos respirarían mejor, aliviados… Yo soy aficionado acuarelista, manipulo la ilusión de los sentidos. Incluso, una vez, hace años, fui falsificador de éxito. Una levísima pincelada color papel, podía hacer desaparecer el signo intruso.
El papel no es blanco sino ahuesado. Tiene: blanco, algo de ocre, siena y amarillo. Y como el envés de la zona en cuestión está impreso de azul, que transparenta, hay que poner también en la mezcla algo de azul. Y como la acuarela también transparenta y no tiene blanco, hay que utilizar acrílico, que tape. Me puse a hacer ensayos.
Al fin, quedó perfecto. El signo había desaparecido sin dejar huella.
Eso haría con todos los ejemplares.
El público, al adquirir el libro, no sabría que, en realidad, era un acrílico sobre libro.


Fin
de la segunda entrega

(continuará)

lunes, 22 de agosto de 2011

viernes, 1 de julio de 2011

» Primera entrega: El fin



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Primera entrega: El fin

Fin. Se acabó. La última etapa han sido la correcciones. Y las correcciones de las correcciones. Hasta no quedar ninguna. Y así, el libro Paradojas ¿A dónde nos llevan? ya está en manos de la Imprenta.
La primera corrección fue una ele, faltaba una ele. En el nombre mismo del autor, el mío. Y, al final, cuando ya parecía todo más y más que corregido, la última corrección fue otra ele. Faltaba una ele en el nombre mismísimo de Allan Poe. Me dio un pánico atroz por lo que estuvo a punto de haberse escapado. Pero, al cabo, me enorgulleció… haber compartido falta de ele en nuestros nombres con un ser así, vagando por las oscuras callejuelas traseras de las pruebas, las galeradas y los ferros. Dos eles. Dos palotes. Uno para cada uno.


Fin
de la primera entrega

(continuará)