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Cuarta entrega:
¿Quién ha sido?
¿Acrílico
sobre libro? ¿O… ejercicio de lógica?
Me había
gustado la primera versión: hacer desaparecer yo mismo lo que sobra, a base de
mi amada pintura, usada ahora con una función negativa, pintar para no ver,
ocultar, velar… Y terminé de hacerlo en los ejemplares en que lo había empezado.
Y lo hice luego, también, en todos los ejemplares que pude. Y lo sigo haciendo,
cuando tengo ocasión. Dejo al caso, cuál de las dos modalidades de ejemplar le
cae a cada lector en sus manos. ¿Cuál es la tuya, lector de Paradojas ¿A
dónde nos llevan?, si ya lo eres o lo has sido: ¿Es acrílico sobre libro?
¿o… ejercicio de lógica? Puedes saberlo. Si no sobra nada, acrílico.
Si sobra un signo, ejercicio, cuya solución es el signo que sobra.
Ejercita tu
capacidad razonadora, tu búsqueda de coherencia.
Voy a irte
dando pistas. No es que niegue tus capacidades, sino que quiero terminar de
contarte lo sucedido. Porque…
En cierto
momento, aquel signo que tanto me había herido, que tan grabado tenía en la
mente, y que tanto me esforcé para que fuera eliminado, o por mí, pintando, o
por el lector atento, razonando, aquel signo, digo, se me reveló. Sí. Quiero
decir, que me fijé en él, en su valor de signo… ¡Y no podía salir de mi
sorpresa!
¡Se trataba…
se trata, del signo probablemente más importante de la filosofía de W.V. Quine,
a cuya memoria el libro está dedicado, con quien yo estudié durante dos años en
Harvard, y que es el principal filósofo protagonista del libro! … Podría
considerarse que el libro parte de sus tesis acerca de las paradojas, para
diferir luego, y cambiar un tanto la perspectiva global… como, por otra parte,
es la posición apropiada de un discípulo fiel. Seguir al maestro, cambiando.
Así es el pensamiento vivo.
Ese signo, sobre
cuya importancia tanto insistió Quine a lo largo de su obra para la precisión y
claridad lógica de la escritura, es, son, las comillas usadas en las citas. Aquí
fue, exactamente: el cierre de comillas, que he usado como título de
esta narración por entregas. Ese era el signo que, lógicamente, sobraba en
cierta página… el que desaparecía, allí, bajo mi pincelada de acrílico.
Y reflexioné
sobre ese maravilloso y preciso azar.
Si nos
pusiéramos a la pintoresca tarea de resumir, de señalar en un signo, el pensamiento
de Quine (como Wittgenstein quiso resumir al pensamiento todo en la proposición
6. de su Tractatus), o de determinar el quicio, o cruce de pensamientos,
el problema, o lugar, donde más incide la filosofía de Quine… ¿podría ser »? ¿O, escrito siguiendo sus preceptos,
más exactamente, “»”?
El cierre de
comillas es el signo que limita un lenguaje citado y pasa al lenguaje del que
cita, del narrador. O limita un lenguaje de un nivel x y pasa a otro de
un nivel x-1, como en Paradojas ¿A dónde nos llevan? se muestra.
Representa los niveles del lenguaje, el cambio de nivel, lugar de muchas
paradojas. Si los niveles son lenguajes de personas diferentes, representa el
límite entre Yo y Otro (o, mejor, tratándose de cierre, entre Otro y Yo),
tan crucial lógica y éticamente, vitalmente.
Ese límite es,
además, para Quine, una herida. Está en ella el “pecado original” (así le llama)
del lenguaje, que la Ciencia y la Filosofía, deben, después, reconocer, evitar
estructuralmente, y redimir. Para Quine, construimos el lenguaje, conseguimos
entre Yo y el Otro hablar de las cosas, a base de confundir niveles, de no
respetar el signo ”»”. De confundir
lenguaje y cosas. De confundir el lenguaje de otro y el de uno. Un “pecado”, constructor
del pensamiento.
Y su signo,
apareció, en mi libro, hiriéndome… por azar.
… …
… … …
… … …
… … …
… … …
… … …
… … …
¿Tiene el azar
intenciones? ¿Tiene sentido tratar de entenderlas?
Me parecía
sentir por doquier entre sus páginas, en las que Alicia en el país de las
paradojas había perseguido al barbero, en las que Teseo se llevó en su barco al
Mentiroso, la tortuga intimó con Gödel y tantas otras aventuras lógicas se
habían corrido, tropezando y resbalando por una cinta de Moebius, sentía, que
por doquier todos cuchilleaban, se reían, e, interrogantes, me miraban.
¿A dónde, todo
esto, me ha llevado?
¿No me resulta
enormemente significativo ese azar, que me ha señalado el ”»”, y de esa manera? ¿Ese ”»” que sobraba y se ha destacado es el que separa el pensamiento de Quine del mío,
que lo cito y lo narro?
¡Qué
importante puede ser lo que sobra! ¿Es tan importante, porque hay que desprenderse
de ello, si es que realmente sobra, y dejarlo?
Había también,
lo confieso, en ”»”, un cierto
contencioso entre Quine y yo. En cierto concienzudo estudio mío, no publicado,
sobre — y alejándome de él — el pensamiento de Quine, escribo que las comillas
son un signo innecesario y redundante, ¡que sobra!, pues es el comportamiento humano
de sustitución de signos en las expresiones reales usadas en la vida, en el
habla real, el que expresa los lenguajes diferentes, o los niveles diferentes
de lenguaje … (Lo mismo viene a decir el Tractatus de Wittgenstein de la
igualdad, que sobra, pues ya la estructura, sentido o forma de las expresiones
igualadas la expresan).
Así que el ”»”, aparte de ser el signo clave del
pensamiento de Quine, podría ser el que marca entre él y yo una cierta
diferencia. Pues él dice que es importantísimo, necesario para salvar al
lenguaje, y yo digo que sobra.
Pero… yo creo
que la diferencia es de matiz. Pues una de las razones de que yo crea que sobra,
en el lenguaje, es que es ubicuo, que se sobreentiende siempre, que marca
límites de nivel, y de lenguajes, que el propio Quine reconoce que están por
doquier en el lenguaje, que el lenguaje está construido a base de ellos,
confundidos en ese pecado original que propone redimir cuando sea preciso…
usando el ”»”… como un exorcismo. O
signo salvador.
Bueno, ¿y por
qué no usarlo, entonces, si, en un momento dado, aclara?
Si mi razón de
su redundancia es que el comportamiento del habla ya lo expresa, para detectarlo
claramente sería muy premioso esperar a analizar e interpretar el lenguaje a
base del comportamiento de sustituciones efectuado. El ”»” , una vez expresamente usado, marca clara y explícitamente el
límite de un lenguaje.
De hecho, el
lenguaje común de los últimos 20 ó 30 años, en una práctica extendida por todos
los países occidentales, que yo sepa, ¿no ha dado razón a Quine, al incorporar
el uso del ”»” en forma de un gesto
de comillas en el aire, hecho con dos dedos? Ya dijo ― proféticamente ― Quine
que quizá en el futuro el numerar o separar los niveles de lenguaje se podría
convertir en una práctica de lenguaje común que evitaría muchas paradojas. Y
cada vez que veo a alguien hacer al hablar ese gesto en el aire, siento un callado,
inconsciente y universal homenaje, un monumento vivo, al gran pensador. En ese
gesto, está W.V. Quine.
¿Quién podía
haber imaginado un monumento, un memorial,
más leve, pegadizo, fluido, universal, callado, sencillo y útil?
Y… ¿qué me
decía, o nos decía, exactamente, el azar, al sobrar el ”»” en mi libro?
Bueno, yo creo
que al azar le pasa como a los espíritus. O a los personajes literarios. Sus
mensajes pueden ser riquísimos, pero no suelen ser determinables en unívocos
mensajes o doctrinas. Al sobrar un ”»”, me
lo ha… destacado… Quizá el azar, o quien fuera, se reía un poco de mí,
dejándome en la ambigüedad… ¿Hay que liberarse de lo que sobra… y, al mismo
tiempo, es precisamente lo que sobra lo más importante?
No sé… ¿Nos ha
revelado así, el azar, en un mudo gesto, más allá del libro, otra paradoja
suprema?
¿Y no es esa
paradoja… la paradoja de la vida… por ejemplo, del dar la vida, del parir,
donde lo que a un cuerpo le sobra quizá sea lo importante, al menos para el
otro, o para la especie?
¿Y la del
derramarse… la paradoja de la obra, del expresarse, del grito, del lenguaje?
¿No estamos,
como dicen los filósofos, arrojados, sobrantes, de algo, al mundo?
¿Es el cierre
de comillas un descenso de nivel que asciende? ¿un límite, un cierre, que abre?
Fin
de la cuarta y última
entrega de »
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