lunes, 16 de enero de 2012

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Tercera entrega: Ejercicio de lógica

Me puse en seguida a la tarea.
Era delicada. 1000 ejemplares. Necesitaba método, paciencia, ritmo, tranquilidad, agudeza y pulso, sin desfallecer en ningún momento. Y, poco a poco, lo conseguiría.
La Distribuidora había ya enviado, sin embargo, ejemplares, algunas cajas, a alguna provincia.
No importaba. Viajaría a donde estuvieran. No serían muchas aún, las librerías. Me llevaría un botecillo con la mezcla y el pincel. Entraría, buscaría el libro, simularía ojearlo y… en un momento, discretamente, el leve toque, un soplo, y listo. Al estante otra vez.
La Editora, oyéndome, no lo tenía tan claro. Me miraba, pensativa. Algunos amigos y técnicos de la edición le habían dicho que aquella errata no tenía importancia. Pero yo disentía. Y quise demostrarle, una tarde, que era una operación posible y fácil. Al cabo de un par de horas, estaba la gran mesa y los sofás llenos de filas de ejemplares metidos unos dentro de otros por la página en cuestión, para que el acrílico se secara y ella me hizo, sumido en aquel extrañísimo paisaje, algunas fotos. Pero, al comprobar el resultado, y ver que el acrílico transparentaba el signo a tapar, que había que darles a todos otra mano, cuidando al mismo tiempo de que la pintura no fuera tanta que la rugosidad se notara… comprendí que la tarea era desmesurada y desistí.
La Editora y sus asesores aseguraban que para todo lector mínimamente atento la errata era evidente.
Así que, dejado así, sin pintar, el libro venía a ser, sin decirlo, un ejercicio de lógica: el de descubrir la errata.
El público, al adquirir el libro, no sabría que, en realidad, era un ejercicio de lógica. El de responder a la pregunta: ¿Qué signo sobra?


Fin
de la tercera entrega

(continuará)