miércoles, 5 de octubre de 2011

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Segunda entrega: Acrílico sobre libro

Y salió de la Imprenta. Y lo tuve, sólido, en mis manos.
Después de comprobar que no mordía, ni explotaba… que parecía correcto, e incluso bello, lo abrí, preparado a parar los ataques de las erratas saltándome a los ojos, como si abriera una caja de pulgas feroces. Nada. Ninguna. Abaniqué las hojas. Todo parecía en su sitio. Claro, habían sido muchas las correcciones previas… Y en seguida fui a cierta página, a cierto párrafo, donde un error descubierto una noche, ya tarde, me había dejado insomne. Era un párrafo donde el análisis del lenguaje y de la verdad que en él se hacía, figurado como una exploración en la soledad de un lago de alta montaña, se sumergía aguas adentro, capas de lenguaje abajo, cada vez más oscuras y frías, y sin fondo… Llegué al párrafo. Y en seguida: la vi.
Era ella. Una errata. La errata. Allí estaba. Saltó. Gritó. Zumbó como un trueno sostenido. La miré otra vez. Sí.
Sí. Y corrí a comprobar las últimas versiones del texto. Miré el manuscrito original. Estaban todas correctas, allí no estaba la errata. ¿Y? ¿Qué había pasado?
Al cabo, recordé que, antes de enviar a la Imprenta la ultimísima versión, la maquetadora y yo cambiamos algo en ese párrafo clave para dejarlo más transparente, un detalle sin importancia de espacios y signos. Habría sido entonces cuando aquello… en el último momento, se coló.
Habría ahora que imprimir una Fe de erratas. No podía quedarse así, confundiendo al lector en una operación de análisis tan delicada.
Pero había que encontrar ahora más erratas. ¿Cómo se iba a imprimir una Fe de erratas con una sola?
Además, ésta, consistía en que… sobraba un signo. Había salido un signo que no debía estar. Sobraba un signo. Como se dice en el libro, en su capítulo 4, La Fiesta, en este libro “no son todos los que están”. Se coló un signo sin ser invitado.
Si desapareciera ese signo, y todo lo demás quedara igual, quedaría perfecto, nada se notaría… ni siquiera el espacio dejado vacío… con el que los demás signos respirarían mejor, aliviados… Yo soy aficionado acuarelista, manipulo la ilusión de los sentidos. Incluso, una vez, hace años, fui falsificador de éxito. Una levísima pincelada color papel, podía hacer desaparecer el signo intruso.
El papel no es blanco sino ahuesado. Tiene: blanco, algo de ocre, siena y amarillo. Y como el envés de la zona en cuestión está impreso de azul, que transparenta, hay que poner también en la mezcla algo de azul. Y como la acuarela también transparenta y no tiene blanco, hay que utilizar acrílico, que tape. Me puse a hacer ensayos.
Al fin, quedó perfecto. El signo había desaparecido sin dejar huella.
Eso haría con todos los ejemplares.
El público, al adquirir el libro, no sabría que, en realidad, era un acrílico sobre libro.


Fin
de la segunda entrega

(continuará)

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